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Abra la boca, por favor. Un poco más, perfecto. Atento, con estas pinzas lograré extraer el diente infectado, probablemente sienta una cierta incomodidad, que algunos llamarían dolor. Sea paciente, terminaré enseguida.-Así hablaba el doctor Quilt a sus pacientes, mientras estos, con una mueca de incomodidad y dolor, miraban con la boca abierta al mejor dentista de
Retchingstead.
Su despacho, perfectamente equipado, apestaba a medicina, ese olor aséptico que en el paciente da una curiosa mezcla de seguridad y temor, como el aroma de las velas en una iglesia. Resulta llamativo como el olor de los lugares es lo primero que nos viene a la cabeza cuando tratamos de rememorar hechos pasados, como me ocurre a mí ahora, pues tuve la oportunidad de estar en ese despacho y oler ese olor que ya jamás podré confundir. La sala de espera era amplia, luminosa, con pesadas cortinas de color ocre, antaño amarillo pero ya oscurecidas por capas de polvo añejas, en contraposición al estado decrépito de las cortinas, el revistero se renovaba a diario casi con religiosa devoción. Las sillas se alineaban en la pared, y unas pocas formaban una isla en el centro de la sala, sobre una raída alfombra. El olor de esta sala llegaba cada mañana a las 8:00, cuando abría el portón de rígida madera la señorita Mary Shaw, entraba con ella su pesado perfume dulzón, florido y empalagoso hasta para una solterona como ella.
El recio portón de madera daba a una calle de las acomodadas, con árboles perennes cada dos portales y amplias aceras para el paseo de los domingos. Era un buen despacho, en una buena calle y con un buen profesional.
El doctor, imponente figura de ancha espalda y largas piernas, era un individuo de serio semblante, se refugiaba bajo la ganchuda nariz un poblado bigote y unos labios finos, de donde salía un aliento de tabaco y mentol. Sus manos, grandes y hábiles, le habían valido su reputación y las llevaba impecables, uñas inclusive. Sus ojos eran oscuros, de ningún color que yo pueda recordar pues se escondían tras unas aparatosas gafas de carey que no se quitaba jamás. Anthony Quilt era un señor muy capaz en su tarea de sacar, raspar, limpiar, y abrillantar dentaduras, pero resulta que su saber se extendía allende la cavidad bucal, era un competente médico, y su campo de estudio favorito, el sentido de la audición, que estudiaba sin tregua al terminar la larga jornada de tenazas, taladros y gritos de dolor. Tanto fue así, que el día de su cincuenta cumpleaños, decidió despedir a la señorita Shaw y cerró la consulta, vendió todo lo que había en ella, excepto los utensilios médicos del despacho, que preservó para sí. Los pocos que recuerdan al doctor Quilt, verán aquí el primer indicio de su locura, yo prefiero reservar mi opinión para un servidor y permitir que seáis vosotros quienes le juzguéis, pues ¿Qué diferencia a un loco de un cuerdo? creedme cuando os digo que no se qué escribir aquí.
En su reclusión, el doctor se dedicó a llevar a la práctica su vasto conocimiento sobre la audición. Le fascinaban los procesos físicos que implicaban a este asombroso sentido, y descubrió, como el que descubre una portezuela en el desván, que lleva a una habitación llena de telarañas y de nada más, que no todo era audible, que nuestra capacidad era limitada y lo había descubierto él. Qué horizonte de oportunidades resultaba saber que un abanico de frecuencias era "invisible" a nuestros oídos. Con el paso del tiempo y a un paso de la ruina más absoluta, ideó y se decidió a construir un artefacto con insoportable devoción, sin importar el paso del tiempo o los estragos del hambre. Muchos meses de oscura reclusión y casi total ayuno habían transformado su portentoso físico en un raquítico laberinto de protuberancias óseas, y su mente en una fatídica trampa para ratas, en una imparable obsesión por abrirse paso a esa habitación oscura de pesadillas y telarañas que había descubierto casi por casualidad, sin saber lo que había en ella.
Cuando hubo terminado su vil invención, no era más grande que un corcho de botella de vino, aquel que antaño tanto le había gustado. Sabía que venía ahora, pronunció con su boca seca unas palabras que le resultaron muy familiares: "
probablemente sienta una cierta incomodidad, que algunos llamarían dolor. Sea paciente, terminaré enseguida." Se sentó al lado de su torno de dentista a accionado a pedales, y sin titubeo alguno se lo clavó en el oído derecho y tras limpiarse precariamente la sangre, sin mueca de dolor alguna se metió en la herida el artefacto por su parte más afilada. Sus ojos se abrieron como platos cuando pudo, al fin, oír aquello que tanto había anhelado. ¿Qué era? primero una guitarra lejana, tocada por mil manos, que era un piano alocado, que eran unos platillos de metal, que, cuando pudo acostumbrarse, eran unas voces lejanas y quejumbrosas, las miles de bocas abiertas que habían estado en su consulta se levantaban contra él, le gritaban, le chillaban, le recriminaban todo el sufrimiento. ¿Qué culpa tenía él?¡El dolor era necesario para curarles! Se levantó súbitamente con las pocas fuerzas que le quedaban a su decrépito esqueleto, lanzando a su alrededor todos los objetos que tenia cuidadosamente ordenados en la mesa, con su borrosa mirada logró distinguir la ventana de vidrio. Una voz, varonil y familiar, se desmarcó de las demás:-
Abra la boca, por favor. Un poco más, perfecto. Atento, con estas pinzas lograré extraer el diente infectado, probablemente sienta una cierta incomodidad, que algunos llamarían dolor. Sea paciente, terminaré enseguida.- era él hablándose a si mismo. El pánico se apoderó de él, gritó y chilló y corrió hacia la ventana, atravesando el delgado panel de cristal y encontrando una muerte instantánea un piso más abajo.
Quienes encontraron el cadáver, solo pudieron reconocerle por la cartera que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón, vieron un decrépito anciano con la boca abierta hasta el pecho, el cráneo abierto sobre la acera, y con una herida sangrante en el oído derecho. Insertado en ella, unas tijeras de metal y nada más, este era su artefacto, su insana obsesión y su reclusión habían macerado esta ilusión, sinfonía insonora para aquellos que, ahora, recogen el cuerpo del doctor y barren hacia la alcantarilla los pedacitos de cerebro esparcidos en la acera.